El pantalón de pinzas volvió a casi todas las pasarelas masculinas de esta temporada, y volvió con la pierna más ancha de lo que muchos recordaban. La pregunta que llega después no es si la tendencia existe: es cómo llevar un pantalón de pinzas sin terminar disfrazado de una época que no es la nuestra. Es una duda razonable. En Colombia la pinza arrastra mala fama por motivos que se entienden, porque durante veinte años estuvo pegada a un tipo de sastrería que envejeció mal y que nadie quiere repetir.
Llevamos varias temporadas trabajando esa construcción y hemos llegado a una conclusión incómoda: el problema nunca fue la pinza. Fue todo lo que la rodeaba.

La pinza no es un adorno, es un cálculo
Una pinza es un pliegue de tela cosido en la pretina que libera volumen hacia abajo. Existe para resolver un problema geométrico concreto: darle espacio a la cadera y al muslo sin que la cintura quede grande. No es decoración, es matemática de patronaje.
Un pantalón sin pinzas resuelve lo mismo cortando tela. Por eso necesita ajustar más arriba, por eso tira al sentarse y por eso marca lo que uno lleva en los bolsillos. Es una solución legítima, pero es otra solución.
La diferencia se ve al caminar. Un pantalón con pinza cae desde la pretina en línea continua y absorbe el movimiento del muslo. Uno plano lo sigue, lo dibuja, lo delata.
Dicho de otro modo: la pinza no agranda. Reparte.

Por qué desapareció y por qué volvió justo ahora

La pinza dominó los años cuarenta, regresó con fuerza en los ochenta y se murió a comienzos de los dos mil, cuando la silueta masculina se estrechó hasta donde el cuerpo aguantaba. Durante esa década larga cualquier pliegue en la pretina se leía como descuido.
Lo que cambió en los últimos tres años no fue el pantalón. Fue la mitad de arriba. Cuando el hombro baja, la camiseta se vuelve boxy y la chaqueta se desestructura, un pantalón pegado deja de leerse como moderno y empieza a leerse como desequilibrio.
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La revisión de tendencias de FashionNetwork sobre la primavera-verano 2026 lo resume en una imagen repetida temporada tras temporada: blazers desestructurados y sueltos sobre pantalones anchos y fluidos, con pinzas o rectos. Dior, Hermès, Officine Générale y Rick Owens llegaron por caminos distintos al mismo sitio.
Cuando casas que no se parecen en nada coinciden, deja de ser tendencia y empieza a ser acuerdo.
La pinza no agranda. Reparte.
Cómo llevar un pantalón de pinzas sin que el pantalón te lleve a ti
La primera regla es la altura. La pinza pide un tiro medio o alto, porque nace en la pretina y necesita que la pretina esté donde el cuerpo se estrecha. Un tiro bajo con pinza es una contradicción: el pliegue abre justo donde no hay nada que repartir.

La segunda es el largo, que manda más que el ancho. Un pantalón ancho con un quiebre limpio sobre el zapato se ve intencional. El mismo pantalón dos centímetros más largo se ve prestado. Si hay que elegir entre ajustar la cadera o ajustar el ruedo, se ajusta el ruedo.
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La tercera va arriba. La tentación con un pantalón amplio es compensar con volumen y terminar en dos rectángulos. Funciona mejor lo contrario: una prenda superior que tenga estructura y termine donde debe, a la altura de la pretina o apenas por debajo. Es la misma lógica de horma que explicamos en nuestra nota sobre por qué una prenda se vuelve la que uno repite.
La cuarta es el zapato. Un pantalón de pinzas con suela fina y perfil bajo se lee formal aunque el textil sea informal. Con un mocasín de suela gruesa o una silueta deportiva limpia, se relaja sin perder la línea. El zapato no acompaña al pantalón: lo termina.

El clima de acá cambia el cálculo
Casi toda la conversación sobre sastrería relajada viene de ciudades con cuatro estaciones, y eso se nota en los textiles que recomiendan. En Bogotá el problema no es el calor sino la caída: un paño con algo de peso y un porcentaje mínimo de elastano se mueve sin arrugarse cada vez que uno se sienta en un taxi.
En Medellín y en Cali la ecuación cambia. Ahí conviene bajar el peso y subir el volumen, porque el aire entre la tela y la pierna es lo que hace habitable un pantalón largo a mediodía.
En la costa la pinza sigue funcionando, pero pide algodón abierto y ruedo más corto. La silueta amplia y el bochorno se llevan mejor de lo que parece; lo que no se lleva es la tela sintética.

Cortesía de Oz Art / Pexels
La historia corta de una pieza de tela mal entendida

El pliegue en la pretina no lo inventó la moda: lo impuso el telar. Cuando la tela venía en anchos estrechos y costaba lo que costaba, la pinza era la forma más eficiente de convertir un rectángulo en una prenda con espacio para el cuerpo. Cortar curvas desperdicia material; plegar no desperdicia nada.
Esa lógica de aprovechamiento gobernó la confección durante siglos y sigue viva en los sitios donde el textil es caro. En la producción del vestuario de Cien años de soledad, el equipo de diseño encontró que muchas familias del siglo XIX heredaban retazos grandes de tela y los volvían a cortar generación tras generación. La prenda no era un objeto terminado: era un estado temporal del material.
La pinza, en ese mundo, no era estilo. Era la manera de que la misma tela le sirviera a dos cuerpos distintos.
Lo que hizo el siglo XX fue invertir la relación. Cuando la tela se abarató, cortar dejó de ser un lujo y la pinza pasó de ser una solución a ser una firma. Ahí empezó su problema.
Dos pinzas, una pinza, pinza hacia adentro, pinza hacia afuera
No todas las pinzas hacen lo mismo y la diferencia se nota en el espejo. Una sola pinza por lado es la versión más discreta: abre poco, cae recto y funciona bien en cuerpos delgados donde no hay mucho que repartir.
Dos pinzas por lado, que es la construcción clásica, generan más volumen desde arriba y por eso piden altura de tiro y algo de peso en el textil. En una tela liviana, dos pinzas se convierten en dos arrugas.
También importa hacia dónde miran. La pinza que abre hacia el centro del cuerpo, llamada inversa, tiende a leerse más limpia y más contemporánea. La que abre hacia afuera es la británica clásica, y da un aire más formal que hoy exige el resto del conjunto muy bien resuelto para no verse antiguo.
Ninguna es mejor. Pero elegir sin saber cuál se está eligiendo es cómo la gente termina culpando a la pinza de un problema de tiro.

El error que más vemos
Casi todos los pantalones de pinzas que se ven mal en la calle comparten el mismo defecto, y no está en la pinza: está en la pretina. Está una o dos tallas grande, sujeta con correa, y la correa arruga la tela alrededor de la pinza hasta convertir el pliegue en un fuelle.
Un pantalón de pinzas debe sostenerse solo. La correa es un accesorio, no una pieza estructural. Si sin correa se cae, la talla está mal, y ninguna pinza del mundo arregla eso.
El segundo error es planchar el pliegue de la pierna con demasiada convicción. La raya marcada al filo pertenece a un código formal muy específico; en un pantalón de algodón contemporáneo, esa raya es lo único que hace que se lea como uniforme.
El tercero es el ruedo con dobladillo ancho en una tela liviana. El peso extra tira la caída hacia abajo y aplasta justo el volumen que la pinza estaba creando.



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Con qué se lleva esta temporada
Arriba, la respuesta corta es una prenda de punto con estructura. Una camiseta de costilla firme, una henley con pechera, un polo de horma boxy que termine a la altura de la pretina. Nada que haya que meter por dentro para que funcione.
Si la ocasión pide algo más, una camisa de manga corta abierta sobre la camiseta hace todo el trabajo sin añadir capa de calor. Es la fórmula que también recomendamos para aguantar los nueve días del Petronio en Cali, y por las mismas razones climáticas.
Abajo, el zapato define el registro. Mocasín para bajar el tono, silueta deportiva limpia para relajarlo del todo, y suela fina solo si el resto del conjunto está pidiendo formalidad.
El accesorio que sí importa es la media. Con un pantalón de pinzas de largo correcto, la media se ve al caminar y se ve al sentarse. Vale la pena decidirla en vez de heredarla del cajón.
Dónde entra el nuestro
El PANTALÓN HENLEY CONCRETE TROUSER que acabamos de abrir en preventa es nuestra lectura de todo lo anterior. Silueta clásica con dos pliegues, paño jaspeado de 95 por ciento algodón y 5 por ciento spandex, bolsillos ribeteados atrás y una pechera con cierre de cuatro botones que toma prestada la estructura de las camisetas henley noventeras.
La elasticidad es controlada a propósito: lo suficiente para que el pantalón acompañe el día, no tanta como para que pierda la línea. El fit es modern tailored y el largo va de 106 a 110 centímetros según la talla.

Está en pre-order con despacho de 6 a 10 días hábiles. No hay prisa: si esta temporada te sirvió para entender la pinza y te vas con otro, el artículo hizo su trabajo.
Fotografía: archivo BAFIOTE.
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PANTALÓN HENLEY CONCRETE TROUSER



Cuatro piezas, elegidas por lo que cuenta el texto.

